Poder conocer lugares tan mágicos es sin duda una experiencia
que volvería a repetir. Todo lo que puedes observar y aprender en un lugar como
Cuetzalan que por más que te cuenten o veas fotografías jamás se comparara con
vivirlo en carne propia.
El entrar a la iglesia, llena de danzantes, sentir la energía
de tanta gente, ver la devoción con la que las personas acuden a dar gracias y
a pedir a su santo patrono, fueron experiencias que me regalaron un cumulo de
sensaciones que me llevaron al borde de las lagrimas, el olor del incienso
lograba un misticismo excitante.
Recorrer las calles del pueblo, el contacto con la gente del
lugar, su cálida sencillez, ver como con “tan poquito” solo lo necesario son felices.
Admiro la pureza de esas personas, es
como si no conocieran la maldad, darte cuenta que no tienen la intención de
hacer daño, que no olvidan que aquí venimos solo a ser felices.
Estar ahí me hizo pensar por qué nosotros mismos
condicionamos nuestra felicidad. Me sorprendió ver el amor que tienen a sus
tradiciones y como se niegan a olvidarlas y esto es genial pues les da una identidad muy profunda.
A pesar de ser personas con dificultades para ”prepararse”
debido a que están alejadas de la civilización, son ellas quienes tienen un
nivel de civilización más elevado pues
viven en una armonía impresionante. El respeto que tienen con todo.
Ver todo esto me hizo pensar en que los humanos no somos
malos, me hizo volver a creer en que nacemos con un espíritu bueno, pero también
pensar en qué momento nos causa placer destruirnos.
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